Subtitulo
El sol caía con fuerza sobre el asfalto mientras la ciudad seguía su curso habitual, ajena al paso del tiempo. En una esquina, un hombre tocaba el saxofón con los ojos cerrados, como si cada nota que salía de su instrumento fuera una forma de detener el mundo por un instante. A su alrededor, la gente caminaba deprisa, algunos lo miraban con curiosidad, otros ni siquiera se percataban de su presencia. Pero él seguía tocando, no por dinero, ni por aplausos, sino porque en cada melodía encontraba una razón para quedarse un rato más en ese lugar.

En medio del bosque, donde los árboles susurran historias con cada brisa, una cabaña de madera resiste el paso de los años. No tiene electricidad ni conexión a internet, pero guarda algo más valioso: silencio. Ese silencio profundo que no incomoda, sino que envuelve, como un abrazo antiguo. Cada mañana, el aroma del café sobre el fuego y el crujir de las hojas al pisarlas recuerdan que hay otra forma de vivir, más lenta, más atenta. Allí, entre pájaros y pinos, el tiempo no se pierde: se recupera.
